Cualquiera que venda en México lo ha visto de cerca: el trato se cierra en un chat. A veces en un audio de tres minutos grabado manejando, a veces en la foto de una cotización, casi siempre fuera de horario. Y el CRM que la empresa paga lleva meses sin que nadie lo abra.
No es un problema de disciplina del vendedor, es un problema de diseño del software. Los CRM que se usan en el mundo dan por hecho dos cosas que aquí no se cumplen: que la venta pasa por correo, y que alguien va a tener tiempo de sentarse a transcribirla. Aquí la venta pasa en el chat, en movimiento y con las manos ocupadas.
Así que invertimos la ecuación. En lugar de pedirle al vendedor que alimente al CRM, hicimos que el CRM lea la conversación que de todos modos ya está pasando. Todo lo demás —el inbox compartido, el embudo, las automatizaciones— sale de esa sola decisión.
Si alguien de tu equipo está capturando en un formulario algo que ya dijo en un chat, el que falló fue el software, no la persona.